La infancia es un mundo cerrado, infranqueable, de cual los adultos hemos sido para siempre expulsados. Los niños lo saben, están ahí, en su territorio, en su lenguaje, en su infantil universo, como en su casa, sin dejarnos entrar. Podemos acercarnos un poco a la puerta o espiar vagamente por la ventana, pero nunca podremos comprender al niño que fuimos.